Despierto un día más. Veo a mi alrededor y todo parece tan común, tan normal, pero con ese extraño aroma a irreal, a algo prefabricado para ocultar lo que en verdad es mi vida.
No veo la diferencia entre lo que era y lo que soy, ni dónde estuve ni en dónde estoy. Todo es como una burbuja que me mantiene estable, que me mantiene vivo, que me mantiene inerte.
Creo que he matado a mis sentimientos de largo plazo. Hoy siento mucho, como siempre, pero solo por unos instantes. Son periodos muy breves de emociones, de felicidad, de llanto y de miedo; pero todo pasa, nada se queda. ¿Esto es bueno?, me pregunto a veces, pero no alcanzo la respuesta porque pronto vuelve a ser de noche y al día siguiente, al despertar, todo seguirá igual.
No hablo de las cosas nuevas que aprendo, hablo de lo más profundo de mí. Es como flotar en un estado de suspensión para ahorrarme los sufrimientos a los que antes ya estaba acostumbrado. Imagino que es mi cerebro protegiéndome de mí mismo para no dejar de existir.
Aunque lo niegue, vaya que sí reconozco la falta de la profundidad de mis emociones. Las extraño a veces. No diría que las necesito, pero quizás es lo más parecido a lo que siente un alcohólico rehabilitado que no bebe una gota hace años, que sabe que ahora vive diferente, quizás mejor, pero al que le es inevitable notar esa ausencia en su cuerpo, en sus emociones. Y como el mismo exalcohólico, sé que si bebo del vaso de las emociones profundas, me hundiré y caeré como en los viejos tiempos.
¿Tengo miedo? No lo sé del todo, pero estoy a muy poco de dejarme llevar. Mantenerme sobrio de este vicio es un trabajo de todos los días y yo ya quiero descansar.
Despierto, veo a mi alrededor y estoy en otra parte del mundo, un nuevo paisaje por la ventana, pero cargando con el mismo de siempre que aún sobrevive dentro de mí.
Junio 2022 - Chiang Mai